Porque el tlacuache tiene la cola pelada

 

Allá donde comienza el río Zempoala,  vive allá un animalito que tiene por nombre el tlacuache, un pobre animalito que tiene la cola pelada, y eso sucedió porque ayudó a los hombres, les diré.

 

Cuentan que un lejano día en un grupo de hombres, comían carne cruda y el jefe de ellos dijo ¡Necesitamos lumbre! No es buena nuestra comida cruda, huelen mal las aves, los peces también, las frutas tienen espinas, los nopales tienen ajuates. ¡Necesitamos el fuego! Dijo con fuerza.

 

-Yo traeré el fuego que desea señor nuestro y guía, yo se donde hay, yo se donde duerme el sol, a la media noche le robaré un tizón, entonces volveré trayendo el fuego. Un joven valiente dijo.

 

No está bien tu pensamiento, muchos de nuestros hermanos han muerto por eso, han muerto en el camino, el sol no es muy dormilón, el duerme con un ojo cerrado y el otro abierto.

 

Un tlacuache que estaba encerrado, así mismo se dijo, veré si puedo ayudar, y ahora que les ayude, podría pedirles que ya no sea su alimento de los hombres.

 

-¡Ey!, ¡ey! ¡ey!, Tú, dile a tu jefe que yo puedo ir a traer el fuego que quiere. Gritó nuestro amigo tlacuache.  

-¿Qué?

-¡Dile a tu jefe que yo traeré su fuego!

– ¿Te has vuelto loco, has perdido la cabeza?, ¿tú? Tú estas mintiendo burdamente, ¡Je, je, je! Tú solo quieres escapar, ni siquiera sabes donde hay fuego, 

– Tú no discutas, ¡Vete!  ¡Corre! Mueve los pies y esto dile a tu gobernante, que esto dijo el tlacuache.

 

 

-Señor padre el tlacuache te llama, ¡habla! ¡Habla!

–Tú estás borracho, dijo el jefe,

-No padrecito ¡El tlacuache me habló!

-Vamos a ver dijo el anciano, y corrieron a donde se encontraba encerrado el tlacuache.

 

-Que quieres gusanito, dijo sonriendo el anciano, ¡je, je, je, ¡Vengo a ver que quieres animalejo! dijo otra vez el anciano, ¿Para que me llama mi comida?

–Señor jefe, Sé que tiene un corazón bueno y buen pensamiento, dijo el tlacuache,

-Calla tu boca, tu quieres enredarme, dijo el señor, mejor me voy,

-¡No! no suplicó el tlacuache, ¡Oye, escúchame anciano! ¡Yo traeré el fuego que tú necesitas!

-¿Tú? has perdido tu cabeza, me voy, no quiero perder tiempo. Dijo el gobernante de los hombres

–Es verdad lo que te digo señor, es verdad.

– ¡Tú quieres huir!

– No señor, solo una cosa pido, que cuando haya traído el fuego mis hermanos tlacuaches y yo ya no seamos comida de los hombres.

– Espera un poco, cuando hayas traído el fuego quieres que ¿Todos  tus hermanos no sean nuestra comida?

– Bien, bien lo veremos. Mañana me traerás la lumbre que necesito.

 

Al otro día, ¡sht!, ¡sht!, hombre, una cosa quiero de usted ahora.

– Que quieres dijo el más pequeño benjamín.

– ¡Comida! Dijo el tlacuache.

– Mientes dijo el pequeño.

– Calla dijo el anciano, el tlacuache tiene buena palabra y razón, mañana trabajará mucho y tiene que comer.

– No, no, dijo el auxiliar del jefe, solo quiere comer y huir.

– ¡No! denle frutas dulces y frutas jugosas, ya mañana lo pagará, dijo el anciano.

 

– ¿Ese animalejo no te estará engañando? dijo un sacerdote,

– No calientes tu cabeza o pienses mal, mañana verás que haré; ahora todos juntos vamos a dormir,  la noche viene muy fría, vámonos a la cueva, allá adentro no entra mucho el frío.

 

Muy temprano el anciano se levantó y ordenó, todos arriba, párense, este día tiene cosas importantes para todos, ¡tú ayudante! trae al tlacuache, no se te vaya a escapar.

– Sí señor padre dijo el ayudante.

 

Cuando el tlacuache estuvo frente al anciano.

– Yo iré a traer tu fuego, y tú ¿Cumplirás tu palabra?

– Sí, yo soy la autoridad y doy mi palabra que ya no encerrarán a ningún tlacuache y ya no serán comida del hombre.

– Pero si tú no traes la lumbre, esta orden se desparece, estás de acuerdo.

– ¡Sí! dijo el tlacuache.

– ¿Mas como le harás? El ocelote no pudo, el pájaro sasan tampoco pudo, el tigre quedó pinto por las chispas del sol, el pájaro hoy está chamuscado también, tú que no puedes corre bien y no sabes volar, ¿cómo traerás el fuego?

 

– Como fantasma pasaré frente al sol y cuando el sol duerma, me escabulliré y tomaré el tizón secretamente y el sol no me escuchará, luego saldré de su casa.

 

– Está bien, dijo el anciano, auxiliar, dale las cosas que necesite para su trabajo para que lo haga bien.

– Que quieres tlacuache, dijo el auxiliar.

– Una capa negra de palma y una pequeña vianda.

– Espera un poco, ahora vuelvo.

 

Poco tiempo después, volvió el auxiliar trayendo la capa negra de palma y la vianda para el hermano tlacuache.

 

-Nos veremos, le dijeron los hombres y las mujeres, otro día cuando vuelvas, buen camino dijo el grupo.

– No olvides tu palabra, dijo el benjamín, pues si no vuelves nos comeremos a tu familia y la repartiremos entre nosotros:

-Está bien dijo el tlacuache. 

– ¡Epa! todos, ya oyeron lo que dijo este animal, ¡que, que, que! Que si no trae el fuego este loco, nos comeremos a todos sus hermanos, padres e hijos, mañana reunidos bailaremos y gritaremos.

– Hasta mañana dijo el tlacuache enojado.

El caminó a la casa del sol, miró que el sol no estaba en casa, se puso la capa de palma, entró y se puso muy quieto y en silencio allá adentro esperó que el sol se durmiera, y así cogió el tizón y muy lento salió.

 

Cuando estaba afuera corrió, para que no viera el fuego el sol, la tapó, bajo la capa de palma, así en la mitad de la noche, no se verían las chispas del fuego. Eso hizo como lo había pensado.

 

El tigre no pudo, no realizó bien su mentira, y así pagó y hoy tiene muchos puntos quemados en su piel, no miró al sol y vio su camino he hizo ruido, aquí está tu castigo.

– Yo no haré eso dijo el tlacuache.

 

Nuestro hermano tlacuache primero tenía su piel blanca, su hocico lo tenía de un color rosado, la cola era como la de una zorra, con el pelo esponjoso, se veía muy bonito.

 

Cuando llegó a la casa del sol, y este no estaba se introdujo en ella, cubierto por la capa de palma, sigilosamente para que el sol no lo notara, cuando llegó no lo vio, y cuando se durmió, muy bien cubierto y en silencio fue donde estaba el fuego del sol y tomó el tizón  y de la misma forma salió de la casa.

Pero como el sol no tiene el sueño pesado, preguntó

– ¿Quién está allí?

El tlacuache se quedó quieto y sin moverse como si nadie estuviera.

– ¿Quién me quiere irritar?

Y enojado vio al tlacuache y le dijo: ¿Dónde vas tlacuachito robándome mi fuego?

– No señor sol no se enoje, no le estoy robando su fuego, solo pasaba por aquí frente a su casa y como tenía mucho frío y estaba empapado, traté de secarme, con su calor, eso hice, por eso sale vapor de mi capa.

– ¿Es verdadera tu palabra, tlacuachillo?

– Es verdad señor sol le doy mi palabra.

– Bien ahora vete no sea que de verdad me enoje.

 

Bajo la capa el tizón humeaba y chichinaba el pelambre del tlacuache, ahora que ya no me mira el sol correré, así no se quemará mi pelo y no se apagará el tizón, mas el sol no le creyó totalmente y se paró en la puerta, lento, lento, lento, se alejó y cuando se perdió el tlacuache en el recodo del camino, se introdujo en su casa.

 

Alguien le dijo al tlacuache.

 – ¡Está ardiendo tu cola!

– No es verdad, dijo el tlacuache.

Mas cuando volteo a ver su cola, esta ardía, sintió que estaba escaldado y tenía la cola pelada. De la misma manera vio que estaba chamuscada su piel, antes blanca ahora gris, y se veía así por el humo y el fuego que había debajo de la capa.  

 

Lejos de la casa del sol, vio que ardía la palma de su capa y la lanzó al arroyo para que con el agua el fuego se apagara.

 

Cansado y herido, casi sin poderse parar llegó al pueblo de los hombres. Todos reunidos, juntos miraron con admiración el valor del tlacuache, entonces el jefe les dijo a todos los que estaban, ¡ayúdenle! y ¡miren bien! Ayer el pequeño dijo palabras necias al tlacuache, no creyó en lo podía hacer, y allí está. Trajo el fuego y ahora tenemos luz, calor y ya no tendremos que comer carne cruda. ¡Denle las gracias a nuestro tlacuachito!

 

Ahora llévenlo a curar y díganle al médico que dice el jefe que lo cure bien, que le de buena medicina y que no se vaya a morir.

 

El tlacuache se hizo el muerto, como el sabe hacerlo y todos se espantaron, no te mueras tlacuachito dijeron, ya no serás nuestra carne, ya no serás nuestra comida, gracias por habernos dado el fuego.

 

Pasaron como cinco días, y el tlacuache ya no estaba enfermo, dijo una oración y se fue a ver al gobernante y le dijo: Señor, quiero decirte unas palabras.

– Está bien, dijo el anciano, habla.

Me diste tu palabra, de que ahora en adelante, todos mis hermanos tlacuaches ya no serían su comida de los hombres, ¿Lo cumplirás?

-¡Sí! Así lo haré, si eso es lo que quieres, aunque ahora no lo necesitas pues tu piel ya no es blanca, ahora estás como sucio por un lado y gris ceniza por el otro y hueles a chamuscado.

– No atormentes tu cabeza, ya que tu tienes unas formas de engañar, te haces bien el muerto, ya te vi y así huyes como fantasma que sorprende.

 

– Ja, ja, ja, todos se rieron.

 

– Cállense todos, gritó el anciano gobernante, ahora nuestro hermano tlacuache andará entre nosotros y no lo matarán, no lo harán su comida, tampoco le echarán los perros, mucho le debemos por su buen trabajo. Ahora ya no tiene piel blanca, y tiene quebradizo su pelo, ya no es bello y huele a quemado, por nosotros, y su pago será que pueda pasar libremente, ese es su derecho.

 

 Está ahora en la tierra con su cola pelada por esa acción, y así vive en donde comienza el río Zempoala.

 

Relató: Selikmili.

Cuento Típico

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